Las “mujeres de confort” quieren escuchar un perdón - Itemp

Un tribunal de Corea del Sur acaba de ordenar a Japón que pague una indemnización por esclavitud sexual en tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Los nipones se niegan, pero sus víctimas -decenas de mujeres, en su mayoría ancianas- tienen esperanzas de que, a partir de ahora, la justicia comenzará a llegar


Kim Bok-dong, una antigua esclava sexual del ejército japonés durante la Segunda Guerra Mundial, murió el 29 de enero de 2019. Sin embargo, su nombre resuena por estos días en la mente de millones de personas en Corea del Sur, su país natal.

Ella tenía 92 años y padecía cáncer. Pero ni esa enfermedad que consume la más simple de las fuerzas humanas pudo con su aspiración de hallar justicia en su nombre y en el de miles de mujeres violadas.

Cuando este viernes 8 de enero de 2021 un tribunal surcoreano ordenó al Gobierno de Japón pagar una indemnización de 91.800 dólares a cada una de las 12 mujeres coreanas obligadas a la esclavitud sexual de las tropas japonesas durante la Segunda Guerra Mundial, posiblemente el alma de la señora Kim sintió un alivio en el más allá.

Es el primer fallo de su tipo en Corea del Sur y sienta un precedente que puede tener ramificaciones en todo el mundo en casos como este.

El tribunal rechazó las declaraciones de Japón de que el caso debería ser desestimado basándose en la inmunidad soberana, una doctrina legal que permite que un Estado sea inmune a una demanda civil en tribunales extranjeros. De acuerdo con la agencia corea de noticias Yonhap, el tribunal favoreció a las víctimas, que argumentaron que la regla no debería aplicarse a “crímenes sistemáticos de lesa humanidad” y crímenes de guerra.

La guerra y sus heridas son eternas. Del dolor, la humillación y el engaño guardó un amargo recuerdo la memoria de Kim Bok-dong, una mujer de Corea del Sur que, a los 89 años, cuando hablamos con ella, quería cerrar un amargo capítulo de su vida con una sola palabra: “perdón”.

Los soldados esperando en las barracas, sudados, en filas como sementales con sus ocres uniformes del Ejército de Japón, es lo que más atormenta a esta anciana, quien fue esclava sexual durante ocho de los 35 años que duró la ocupación colonial japonesa de Corea, que terminó en 1945 con la capitulación de Tokio al final de la Segunda Guerra Mundial.

Como miles de víctimas, ella se convirtió en una de las “mujeres de confort” o “jugun ianfu”, un eufemismo punzante que gravita silencioso en la memoria colectiva de los coreanos y de buena parte de Asia. Hoy como ayer simplemente fueron esclavas sexuales.

En 1905 Corea perdió su soberanía a causa de una guerra entre Rusia y Japón la cual esta última ganó. Para 1910 Tokio oficializó su protectorado sobre la península coreana, la industrializa para explotar los recursos naturales ampliando sus ansias imperiales hacia el noreste del continente asiático.

Ese dominio de Corea costó muchas vidas, 175 mil calculan los historiadores solo por trabajos forzados a partir de 1941, cuando la esclavitud prácticamente se oficializó.

“Esos esclavos terminaron en Hiroshima y Nagazaki, ciudades menores que –junto a otras como Kokura—centralizaban la fabricación de maquinaria bélica durante la Segunda Guerra Mundial”, apuntaba el escritor argentino Bruno Galindo en su libro “Diarios de Corea”.

Entre 80.000 y 200.000 “jugun ianfu” fueron repartidas por los burdeles de los territorios ocupados de Taiwán, Filipinas, Indonesia, Myanmar y las islas del Pacifico como Java y Sumatra.

Caricatura que muestra el reclutamiento de mujeres en la II Guerra Mundial

Monumento a la Paz de Hiroshima, en Japón, honra a las víctimas de la bomba atómica lanzada sobre ciudad en 1945. Foto Dreamstime para ITEMP

“Nunca estuve en una estación fija. Pienso que me llevaron a Malasia, Sumatra, Hong Kong, la isla de Java, en Indonesia, y Singapur. Finalmente quedé en libertad tras perder Japón la guerra y ser rescatada por el ejército coreano”, recordó Kim en aquella conversación a las afuera de un parque en Seúl.

Antes de abrirse la Caja de Pandora que guardaba las historias de cada una de las víctimas de violencia sexual, la vergüenza de Bok- dong con su familia era una herida lacerante.

Ella nunca se casó, nunca tuvo hijos. “Nunca” -dijo- “conseguí esto que llamamos amor porque era muy difícil para mí”.

Aún le pesan los largos caminos de su esclavitud, cuando la pureza lentamente se le desvanecía. A los 15 años fue capturada por los japoneses en la provincia surcoreana de Gyeongsang. Le dijeron que sería destinada a trabajar en una fábrica, pero el inexorable destino era otro. “Cuando regresé a casa no pude decirle nada a mi familia, la vergüenza me consumía, me mataba”.

Documentos oficiales revelados citan que una “jugun ianfu” servía sexualmente a 29 soldados por día, cuando la exigencia en promedio era de cien copulaciones.

De 1930 a 1945, las fuerzas armadas japonesas establecieron las “estaciones de confort” para compensar en los tiempos libres los ímpetus de sus oficiales, los mismos que Bok-dong vio huir pavorosos sin saber lo que estaba ocurriendo en agosto de 1945.

“Yo fui esclavizada como si de un trabajo formal se tratase. Se recibían soldados en la barraca de ocho de la mañana a cinco de la tarde y los fines de semana de doce a cinco”.

Kim Bok-dong durante una entrevista en Seúl en 2014. Foto FLB

“De no tener sexo –relata— amenazaban con atacar a nuestras familias y yo no quería que le hicieran daño. En el peor de los casos te aislaban, te quitaban la comida o te mataban”.

Las víctimas de este horror que aún están con vida exigen indemnización por los maltratos sufridos durante la guerra o por el forzamiento a la esclavitud sexual, un coro de voces que no solo reivindican justicia por algo que ocurrió hace casi 80 años, sino por las miles de víctimas de países en conflicto que en este momento están sufriendo agresiones sexuales para satisfacer a los “señores de la guerra”.

Un refrán coreano reza que “se puede odiar la culpa de la persona, pero no a la persona”. Esa expresión, dice Bok-dong, ha sido su mantra durante todos estos años para tratar de pasar la página.

“Somos muy viejas y estamos a punto de morir. Fuimos esclavas y exigimos justicia para morir con dignidad”, dice con su voz temblorosa pero tajante, apretando su puño.

Hasta diciembre de 1991 el mundo ignoró el peso de estas atrocidades, pero luego de que un grupo de coreanos exigiera oficialmente al Gobierno de Japón una compensación y un “perdón” por su pasado colonial, los relatos de vidas de unas 200 sobrevivientes han comenzado a difundirse.

Reclamos que rebotan
Desde 1992 Corea del Sur ha exigido a su antigua metrópoli que reconozca sus responsabilidades, un “mea culpa”. Incluso, ha solicitado la introducción de este capítulo de la historia en sus textos oficiales con el respectivo esclarecimiento de lo ocurrido.

Para Japón las evidencias presentadas por supuestas víctimas son inconsistentes con la verdad, alegando que servían en las barracas sin presión alguna y con su consentimiento.

No obstante, el testimonio de Kim Hak-sun, en 1991, como la primera “jugun ianfu” que demandó a los japoneses, animó a otras mujeres de diversos países afectados a exigir justicia ante instituciones nacionales e internacionales. Para Tokio, por ahora, no hay nada que hablar.

En Seúl todos los miércoles se presentan protestas frente a la Embajada de Japón exigiendo justicia. Una estatua de bronce con la figura de una pequeña niña sentada en una silla fue erigida frente a la misión diplomática para recordar a las menores que fueron esclavizadas.

Vestidas de amarillo, simbolizando la luz del sol y la esperanza, familiares de las víctimas y algunas de las sobrevivientes de los centros de retención, se reúnen para contar los amargos relatos de sus días de confinamiento ante la legación diplomática.

Un “Museo de la Guerra y los Derechos Humanos de las Mujeres” en la capital coreana, fue erigido precisamente para que “nunca” se repitan historias como estas, y la señora Kim es una de sus más fuertes activistas.

A pesar de que las guerras llegan a su fin, para cientos de mujeres víctimas de abusos sexuales aún se oyen las bayonetas y el estruendo de los soldados golpeando el suelo, como le ocurre a Bok-dong.

“Para morir con dignidad no hay mejor palabra que escuchar un ‘perdón, eso hará algo justicia, eso es lo que pido y pedimos”.

Sobre el fallo judicial de este viernes, el Ministerio de Relaciones Exteriores de Corea del Sur dijo en un comunicado: “Respetamos el fallo de la corte y haremos lo que podamos para ayudar a restaurar el honor y la dignidad de las víctimas de las mujeres de solaz”, resaltó Choe Sang-Hun, un corresponsal del New York Times en Seúl.

Solo cinco de las 12 demandantes en contra del Gobierno de Japón siguen todavía con vida. En Corea del Sur, hay 16 víctimas sobrevivientes registradas, según los registros de la Agencia Yonhap.

La señora Kim Bok-dong no podrá celebrar esta histórica victoria entre quienes, como ella, exigieron la verdad. Pero ante miles de mujeres que siguen buscando justicia, su nombre y legado las reconforta porque hasta sus últimos días inspiró la norma moral que sobre estos crímenes debe permanecer: nunca olvidar.


La versión original de esta historia fue publicada en el Diario El Universal de Caracas, en diciembre de 2014. Motivado a que el periódico perdió todo su archivo digital, este relato desapareció de Internet. Su autor conservó el original. Seis años después de la entrevista con Kim Bok-dong, y los hechos ocurridos, su reproducción actualizada, es pertinente.