De «señores de la guerra» a «amos de la droga» en un Afganistán del talibán - Itemp
De «señores de la guerra» a «amos de la droga» en un Afganistán del talibán

No luce exagerado aventurar que el grupo islámico se transforme en el cartel de la droga más grande del mundo con un narco-Estado a su disposición. Administran un territorio tan grande como Texas y son la autoridad absoluta de un país con un aparato de guerra moderno que el Pentágono proveyó durante dos décadas al derrocado gobierno civil.


Los talibanes acaban de consolidar su dominio sobre Afganistán, y la histórica alianza con el negocio de la droga para financiar sus guerras pasadas, juega ahora un papel crucial.

Luego de dos décadas de invasión estadounidense, la heroína, opio, cannabis, metanfetamina y éxtasis, se están comercializando a una escala alarmante y la tasa de abuso de sustancias entre los afganos es de las más altas del mundo.

En cuestión de meses, si no semanas, los talibanes pueden pasar de ser los “señores de la guerra” a los “varones de la droga” por los estrechos vínculos entre la insurgencia, el terrorismo y el tráfico de drogas en Afganistán, con sus cosechas de amapola que producen más del 80% de la heroína ilícita del mundo.

Cabeza de adormidera recién cortada

Si con la caída del Gobierno proccidental y el retiro de las fuerzas estadounidenses y multinacionales no se abre paso a una estrategia antidrogas efectiva tutelada por la comunidad internacional, Afganistán corre el riesgo de erigirse como un santuario del narco en pleno corazón de Asia.

Incluso con una presencia de fuerzas internacionales en el territorio, las cantidades de metanfetamina de origen afgano incautadas en otros países evidenció el aumentado a gran velocidad en la fabricación de esa sustancia en Afganistán, como señaló la ONU el año pasado.

No luce exagerado aventurar que el grupo islámico se transforme en el cartel de la droga más grande del mundo con un narco-Estado a su disposición. Administran un territorio tan grande como Texas y son la autoridad absoluta de un país con un aparato de guerra moderno que el Pentágono proveyó durante dos décadas al derrocado gobierno civil.  

En los últimos años los informes de la ONU y de los Estados Unidos presentaban una visión escalofriante sobre cómo un gobierno asfixiado por funcionarios públicos corruptos, insurgentes armados y terroristas, era incapaz de aplacar la producción de opio a medida que mafias aliadas a los talibanes manejaban regiones enteras dedicas al cultivo y comercio de drogas.

La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) reportó un aumento del 37% en el cultivo de amapola en 2020 con respecto a 2019.

La región suroccidental, que incluye las provincias de Helmand y Kandahar, representó la mayor parte del cultivo nacional. Dos zonas que ahora están bajo dominio absoluto del talibán.

La agricultura es uno de los principales motores de la economía afgana y emplea el 62% de su población activa, con el cultivo de amapola -la materia prima de la heroína-, como negocio primario entre los agricultores.   

Una revisión de esos documentos de Naciones Unidas y los últimos seis informes del Departamento de Estado sobre narcotráfico mundial examinados por ITEMP arrojan una cruda realidad sobre Afganistán que poca atención consumió en la prensa global al fragor de la guerra contra el terrorismo.  

“Afganistán ya era el rey del opio del mundo. Pero ahora, las drogas más baratas dieron a los talibanes otra forma de financiar su insurgencia”, advirtió en un ensayo Lynne O’Donnell, una periodista y escritora australiana que fue jefa de la oficina de Afganistán de Agence France-Presse y Associated Press entre 2009 y 2017.

Los combatientes del Talibán invadieron Kabul, la capital del país, este domingo 15 de agosto, coronando una impresionante marcha a través de todo el territorio en los momentos finales de la misión militar de dos décadas de Estados Unidos que comenzó poco después de los ataques del 11 de septiembre en Nueva York en 2001, orquestados por terroristas de Al Qaida que tenían como santuario Afganistán.

Con la salida de los estadounidenses del país con su guerra más larga a cuesta, el cierre de la embajada en Kabul corta de facto las operaciones antidrogas que la DEA ejecutaba asesorando a las fuerzas del orden afganas, sin una señal de que la cooperación se reanudará.

Solo en 2011, cuando se cumplía una década de invasión estadounidense, Afganistán produjo 4,400 toneladas de opio, y ocho años después, en 2019, los cultivos eran de 6,700 toneladas, el mayor productor mundial de esta droga, reconoció un informe del Departamento de Estado en marzo pasado.  

La cosecha de amapola de Afganistán produce más del 80% de la heroína ilícita del mundo, de acuerdo con funcionarios estadounidenses, pero el país carece de la capacidad para fabricar los productos químicos necesarios para exportar esas cantidades de la droga, según el citado reporte.

Técnicamente los afganos generan la materia prima para los carteles productores de la zona. Pero esto puede cambiar, sino es que ya está en camino.  

Desde sus orígenes a finales en la década de 1980 luego de la invasión soviética a Afganistán, los talibanes obtenían ingresos considerables del cultivo de amapola y del tráfico de drogas, lo que al mismo tiempo generó una cultura de consumo de narcóticos que terminó golpeando a una mayoría de jóvenes, como advirtió la ONU.

De hecho, en febrero de 2020, los afganos pidieron apoyo a este organismo para tratar el alto consumo de drogas que estaban enfrentando entre los adultos jóvenes.

Según la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE), para 2015 había entre 2,9 y 3,6 millones de consumidores de drogas en el país, casi 11,1 % del total de la población de Afganistán.

Como un régimen con aspiraciones teocráticas, se sabe que los talibanes no solo operan con brutalidad inspirados por el islam radical, sino que tienen una historia deprimente en la gestión de una vasta nación que depende en gran medida de la ayuda exterior, por lo que alimentar el negocio de la droga podría dar oxígeno en algunos territorios.

Según estimaciones de Estados Unidos, 160.000 hectáreas de amapola se cultivaron en Afganistán en 2019, el año del que se dispone de datos. Si bien la siembra disminuyó 28% desde 2018, la producción potencial de opio se incrementó en 21% en 2019 debido al aumento de los rendimientos de las cosechas, con 6.700 toneladas producidas.

Desde la invasión de Afganistán por EEUU en 2001, los talibanes y Al Qaida se enfrentaron a las tropas invasoras (Foto/Dreamstime)

Ya en 2016 la ONU alertó sobre el aumento de la producción de cannabis y metanfetamina, dando cuenta de que insurgentes estaban involucrados en el tráfico de drogas, o “gravando” la producción para financiar sus operaciones de guerra.

El valor bruto de la economía de los opiáceos en Afganistán representa entre 6 % y 11 % del producto interno bruto del país y supera el valor de las exportaciones lícitas de bienes y servicios, estima la ONU.

A partir de ahora, sin una presencia internacional en territorio brindando asistencia, un gobierno impuesto tras una guerra perdida, el riesgo inmediato es que muchos afganos se vean forzados a implicarse en el negocio de los narcóticos conforme los talibanes se hacen amos de lo que llaman el “Emirato Islámico” de Afganistán.  

El escenario más extremo, pero no imposible a corto plazo, es que en esa lucha por el negocio de drogas, las mafias del viejo gobierno y la nueva clase gobernante talibana, se disputen el control de rutas, territorios y ganancias, fracturando al régimen en el poder a medida que la presión externa hace su parte. Sin embargo, aún es demasiado temprano.


Actualizado 8/19/2021 con un reporte de la UNODOC