¿Cuánta energía es suficiente para Estados Unidos?
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La producción récord de petróleo en el país coincide con una presión creciente sobre su sistema eléctrico, impulsada por los centros de datos, la inteligencia artificial y el consumo industrial.


Estados Unidos es hoy el mayor productor de petróleo del mundo, pero eso ya no define su fortaleza energética. En la era de la inteligencia artificial, el poder se mide menos en barriles y más en la capacidad de generar y mantener electricidad a gran escala.

La presión proviene de varios frentes al mismo tiempo —Inteligencia Artificial (IA), reindustrialización, transporte y competencia estratégica con China— y está llevando la demanda energética a niveles para los que el sistema estadounidense no está diseñado.

La producción petrolera del país ronda los 14 millones de barriles diarios, un récord histórico. En 2010, se explotaban unos 5,5 millones de barriles por día.

El salto fue impulsado por la revolución del shale oil, la fracturación hidráulica y mejoras tecnológicas que dispararon la productividad. Sin embargo, esa abundancia no ha resuelto la pregunta central que hoy enfrenta Washington: cuánta energía útil puede sostener la economía estadounidense en esta nueva etapa.

No existe una cifra única, pero las proyecciones permiten dimensionar el desafío.

La demanda eléctrica podría aumentar cerca de 25 % hacia 2030, impulsada por centros de datos para aplicaciones de IA, industria y electrificación, según un análisis de la consultora ICF, lo que exigiría ampliar la capacidad de generación y la red.

Para ponerlo en contexto, cubrir ese aumento implicaría construir decenas de grandes centrales eléctricas nuevas en menos de una década, o acelerar de forma masiva la expansión de energía eólica, solar, nuclear y gas, junto con redes de transmisión capaces de mover esa electricidad donde se necesita. El problema ya no es únicamente cuánta energía se genera, sino si la infraestructura puede crecer lo suficientemente rápido para acompañar la demanda.

Y es que la expansión de la inteligencia artificial ha introducido una demanda distinta: constante, intensiva y concentrada en electricidad.

La avalancha eléctrica de la inteligencia artificial

El país alberga más de 5.000 centros de datos, que ya consumen cerca del 4 % de toda la electricidad, según el Lawrence Berkeley National Laboratory, un laboratorio nacional del Departamento de Energía. Un solo centro de datos de gran escala puede requerir una cantidad de energía equivalente a la de una ciudad mediana como Fort Lauderdale, Florida, de acuerdo con los reguladores.

Este contexto explica por qué el debate energético en Washington se ha reordenado. Ya no se trata únicamente del precio de la gasolina o de cuántos barriles se producen al día. Se trata de competitividad tecnológica, y esa competencia tiene un rival concreto: China.

La segunda economía del mundo no solo consume más energía total que Estados Unidos —en parte por su tamaño poblacional—, sino que ha expandido su capacidad de generación eléctrica a un ritmo mucho más agresivo. Su sistema centralizado le permite construir grandes centrales y redes de transmisión con rapidez, garantizando suministro continuo para su industria y su ecosistema tecnológico. En la carrera por la inteligencia artificial, la energía se ha convertido en un insumo estratégico tan decisivo como los semiconductores.

Desde esa perspectiva, el interés de la Casa Blanca por el petróleo venezolano deja de ser un hecho aislado. No responde a una escasez inmediata de crudo, sino a la búsqueda de flexibilidad, redundancia y control del suministro en un contexto de creciente presión energética. Incluso el mayor productor del mundo busca más margen de maniobra cuando el error se vuelve costoso.

La paradoja de la política energética

Las tensiones también se manifiestan dentro del país. Mientras el gobierno federal insiste en la urgencia de producir más energía, algunos proyectos de generación limpia han sido cancelados o frenados.

A principios de enero de 2026, el Departamento de Energía retiró financiamiento a proyectos solares comunitarios en Puerto Rico, diseñados para reforzar una red eléctrica frágil y reducir costos en comunidades vulnerables. Al mismo tiempo, varios proyectos de energía eólica offshore en la Costa Este y el noreste del país han sido suspendidos o retrasados tras la retirada de permisos y cambios regulatorios impulsados por la administración Trump.

El propio gobierno ha reconocido que el sistema eléctrico se acerca a un punto de inflexión. Hoy, el gas natural sigue siendo la principal fuente de generación en Estados Unidos, con algo más del 40 %, seguido por la energía nuclear (un 20 %) y el carbón (16 %). La energía eólica y solar han crecido con rapidez, pero este cambio coincide con una realidad incómoda: tras décadas de precios eléctricos relativamente estables, las tarifas han comenzado a subir justo cuando la demanda se acelera.

En ese contexto, el secretario de Energía, Chris Wright, ha vinculado de forma directa la energía con el poder estratégico. En noviembre pasado, advirtió que la inteligencia artificial tendrá “enormes ramificaciones en la defensa y la seguridad nacional” y que “si China nos supera significativamente en IA, nos convertiríamos en la segunda nación del planeta”. El mayor riesgo, admitió, no es la falta de empresas, capital o talento científico, sino no desarrollar a tiempo la capacidad de generación eléctrica necesaria.

Chris Wright, secretario de Energía, sostiene que la fortaleza estratégica de Estados Unidos depende cada vez más de su capacidad para generar energía suficiente (Foto/ Dppt. Energía/ Flicker)

A este dilema se suma otro factor emergente. Como ha advertido Fatih Birol, director ejecutivo de la Agencia Internacional de Energía, la seguridad energética ya no se mide únicamente en petróleo y gas, sino en el acceso a minerales críticos —tierras raras, litio, cobre— esenciales para redes eléctricas, baterías, energías limpias y tecnologías avanzadas.

Esa lógica ayuda a explicar el creciente interés estratégico de la Casa Blanca por asegurar estos insumos, desde los acuerdos alcanzados con Ucrania para garantizar el suministro de minerales estratégicos, hasta la insistencia del presidente Donald Trump en controlar Groenlandia bajo el argumento de la seguridad nacional.

El malentendido central persiste: confundir producción petrolera con suficiencia energética. Estados Unidos no enfrenta una escasez de crudo, pero sí un desafío de energía útil, especialmente electricidad confiable, continua y disponible a gran escala.

Paradójicamente, todo esto ocurre mientras el precio de la gasolina se mantiene relativamente bajo —alrededor de $2.85 por galón en enero de 2026— gracias a la producción récord de petróleo y a una demanda global moderada. Pero esa calma en el surtidor no dice nada sobre el verdadero desafío energético del país: generar la electricidad que exige la economía digital.

El presidente Donald Trump ha insistido en la necesidad de controlar Groenlandia, una región rica en minerales estratégicos (White House/Flicker)

Producir más petróleo sigue siendo importante. Pero ya no define el poder. En la era de la inteligencia artificial, la pregunta decisiva no es cuántos barriles se extraen, sino si el país puede generar, transmitir y sostener la energía que su propia ambición tecnológica exige. De esa respuesta dependerá mucho más que el precio de la electricidad.